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Madrid, un sábado de finales de 2014. 

Un viejo amigo de la infancia está cerca de mi casa buscando su traje de novio. Ha venido con toda la familia en busca de más opciones de las que puede encontrar en nuestra ciudad de origen: Ávila, una pequeña población de provincias que no llega a 60.000 habitantes.

Entramos en el Corte Inglés de Callao. Nos saludan aglomeraciones de pobladores del extraradio y provincianos (que nadie lo tome como algo despectivo, que soy un provinciano orgulloso) que vienen de compras y a pasar el día a la capital un sábado. Apenas se puede andar por la primera planta, coger el ascensor es una odisea. El padre de mi amigo resopla y comenta: ¿Y cómo os puede gustar vivir así? Esto es un infierno. 

Sonrío para mis adentros. Madrid no es así. Llevo años viviendo ahí y nunca me aventuro en un Corte Inglés del centro un sábado por la tarde-noche. Vivo a 5 minutos de ahí y el ambiente no tiene nada que ver. Pienso en los increíbles bares, restaurantes, cafeterías con encanto, las pequeñas y laberínticas calles con historia, las plazas, la gente… No, no tiene nada que ver. De repente me siento cosmopolita y guay: un visitante eventual tiene difícil juzgar una ciudad en una visita de menos de 5 horas sin caer en errores garrafales. Me siento madrileño y habitante del mundo.

Bangkok, marzo de 2016.

Bangkok de CN

Llegamos a Bangkok tras algo más de un mes a caballo entre Laos y Camboya. Tras tanta naturaleza y tranquilidad Bangkok nos parece una locura: atascos kilométricos, ruido, calor insoportable en la calle, frío en cualquier sitio al que entres (ya sea en el transporte público o en un centro comercial, el aire acondicionado está a tope). Aglomeraciones, colas, edificios enormes, distancias largas.

Apenas llevamos dos horas y recordamos lo difícil que se nos hizo pasar por Bangkok hace 3 años tras unos cuantos días en Koh Tao y (la ligeramente infame) Koh Samui: parecía que la ciudad nos iba a devorar y escupir. 

No tardamos en emitir nuestro juicio: Bangkok mola y está bien para una visita. Pero no viviríamos ahí ni de coña.

Haciendo flash forward a fecha de hoy (mediados de abril): no podíamos estar más equivocados. Amamos Bangkok y viviríamos encantados allí.

Esta es una breve historia de cómo las percepciones pueden cambiar en unas pocas semanas y qué hay que hacer para no dejarse llevar por las primeras impresiones.

La tendencia a juzgar a las primeras de cambio nos convierte a todos en imbéciles

Es curioso como apenas hacía dos años me quejaba interiormente de que alguien criticara Madrid tras unas pocas horas allí, asumiendo que lo que veía era el “estado normal de las cosas”. Como visitante rara vez ves la ciudad del que vive allí.

Pero algo que te resulta tremendamente obvio cuando eres el local puede pasar desapercibido cuando visitas un sitio por unos pocos días: te crees más listo de lo que eres y dices tonterías como que “Bangkok es una locura”. Pero no conoces Bangkok por pasear por Khao San Road un par de tardes (zona que la gente que vive ahí no visita prácticamente nunca) ni por entrar a un par de centros comerciales de Shukumvit. Igual que un sábado por la tarde en El Corte Inglés no sirve para entender Madrid. Necesitas algo más de tiempo y, sobre todo, tener la mente abierta. O no ser un imbécil, algo que a todos nos cuesta.

Por suerte, tuvimos un par de experiencias que nos ayudaron a apreciar la ciudad y darnos cuenta de que no se puede ir tan de listos.

El AirBnB de los tours en Tailandia: TakeMeTour

Algo que nos encanta de 2geeks1city es que nos permite conocer gente de todo tipo de los países que visitamos. No vivimos completamente encerrados en la burbuja viajera, en la que te relacionas básicamente con otros viajeros y gente que trabaja en el sector turístico / viajero.

Una de las startups que nos presentaron, TakeMeTour, es un marketplace de viajes y tours de un día: el que quiere se da de alta (comprueban que no sea un criminal antes, claro) y ofrece viajes de un día de todo tipo: ya sean paseo y cenas gratis al barrio chino, o viajes de un día a mercados flotantes por 500 bath (aquí hay quién dirá que es “caro”: pero siempre decimos lo mismo, no puedes pretender bloquear medio día completo de una persona por menos dinero, menos si te lleva en coche).

Pasar un día con un tailandés que trabajaba en gestión de grandes cuentas en Ericsson en un mercado a 30 minutos de nuestra casa que parecía que no estaba en Bangkok nos abrió los ojos a otra realidad de la ciudad.

A las afueras de Bangkok

No vamos a ir aquí de adalides de la cultura local, pero seguramente si nos hubiéramos metido en cualquiera de los grandes mercados flotantes que salen en infinidad de posts nuestra impresión habría sido diferente.

También nos hizo darnos cuenta de lo cerca que podemos estar culturalmente de alguien que comparte un modo de vida similar al nuestro en tantas cosas: al final todos caemos en esa amplia categoría de “trabajadores del conocimiento” y encontramos muchos más puntos en común con él de lo que pensábamos.

Aunque siempre es más fácil hablar con gente de tu país, claro.

Deberíamos juntarnos con más españoles expatriados

En China conocimos a varios expatriados españoles. En Vietnam tuvimos la suerte de toparnos con otro: en todas las ocasiones la sensación de proximidad es mayor. Idioma y chascarrillos sirven de nexo de unión.

En esta ocasión quedé con una compañera del ICEX que no veía desde hacía 8 años: la última vez, en nuestro año de beca, nos vimos en Bratislava (yo fui desde Sofía, ella desde Viena). Había llovido mucho, pero parecía que nos habíamos visto ayer. Para hacer la cosa más entrañable quedamos en el puesto de paella de Chatuchak (como decíamos, teníamos ganas de parar el ritmo asiático y la paella nos sentó muy bien. A tomar por saco nuestras propias normas de comer comida local).

M. (por si quiere mantener su anonimato, no pongo el nombre completo) vive en Bangkok desde hace unos años y tiene novio tailandés. Juntos visitamos el pulmón de Bangkok, Bang Krachao, un restaurante perdido dentro del barrio chino, la casa de la madre de su novio y, lo mejor de todo, el condo al que se van a vivir. De golpe, era más fácil entender lo que suponía vivir en Bangkok.

Piscina horizonte infinito en Bangkok

Y claro, una tarde en una piscina de esas con horizonte infinito en la planta 45 a cualquiera le cambia la idea de cómo es vivir en una ciudad. 

Sí, Bangkok es maravilloso. Aunque al principio pueda tirar para atrás

Cada sitio tiene puntos débiles y fuertes. Puedes adaptar un sitio a tus necesidades, pero es más importante que sepas adaptarte al sitio, que sepas ver sus ventajas.

Vivir en Bangkok puede ser un horror de atascos y ruido, pero también puede ser cines surrealistas con sofás y mantas, centros comerciales que parecen ciudades, terrazas con vistas, piscinas de horizonte infinito, jardines y parques, mercados flotantes, gente amable y cercana, Durian de temporada y sonrisas, muchas sonrisas.

Viajar es una gran fuente de experiencias, pero si el que viaja es idiota, lo único que hace es profundizar en su idiotez. Observar, preguntar, leer, escuchar y mantener la mente abierta es lo único nos hace entender los sitios que visitamos.

Por cierto, disfrutamos mucho de Batman V Superman. A lo mejor os porque la vimos así:

Cines en Bangkok

Nota: esta foto está cogida de este artículo, el cine al que fuimos era parecido, pero no fuimos capaces de sacar una foto digna.

 

 

 

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