Cómo dijimos adiós a Bangkok tras casi un año de vida intensa Google+

Llega el día en que te das cuenta de que no tendrás que comprar más leche ni agua, que te asomas a la ventana y te percatas de que el paisaje que admiras dejará de ser el decorado sobre el que transcurre tu vida.

Los cánticos budistas y las pagodas desaparecerán de tu horizonte, el sol abrasador será menos brillante, las calles estarán menos atestadas.

Sales a la terraza. Es una noche como cualquier otra.

Pero miras con más ganas que nunca, porque quieres grabarla en tu retina. Te das cuenta de lo mágica que es. No quieres perderla. Sacas el móvil, pero es inútil: ninguna cámara puede captar la esencia de esa noche, de esa terraza, de esa vida.

Sales a la calle y todo sigue igual. Los coches, las motos, el ajetreo. Bangkok no se va a parar porque una pareja geek se marche.

Llevas días dándole vueltas, pero finalmente, esta es la última noche que vas a dormir en tu cama. Te da rabia no poder despedirte de la portera del edificio con la que te has encariñado estos meses, pero hace 2 semanas que se fue de vacaciones. Coges el ascensor y subes a “casa”.

Noble Reveal, nuestra casa en Bangkok

Porque hace muchos meses que ese edificio gris, enorme, elegante pero algo impersonal, se convirtió en “casa”. Hasta te ha dado tiempo a conocer a unos pocos de los 270 vecinos. La mayoría son japoneses y siempre que les dices “konichi wa” se ríen. Pero también hay un tipo de Nueva York, una mujer de Myanmar y unos cuantos tailandeses de esos que podemos llamar “hi so”.

Estás triste, no tienes fuerza para escribir.

Echas la vista atrás.

“Parece que fue ayer”, qué frase tan manida y aterradora.

Siempre “parece que fue ayer”.

Pero sí, parece que… fue ayer cuando llegabas por primera vez a Ekkamai.

El Templo detrás de casa. Ekkamai. Bangkok

Cuando paseabas por sus callejuelas traseras y decías “me encantaría vivir aquí un tiempo”.

Cuando Tamara sonreía y decía que “quizá, nunca se sabe”.

Cuando ninguno tenía muchas esperanzas de que eso fuera a pasar.

Cuando fantaseabas con cosas tan tontas como ir a hacer la compra al Siam Paragon un viernes por la tarde.

Bangkok fue un pequeño sueño antes de convertirse en una realidad.

Hoy es un recuerdo.

Como dijimos al acabar el viaje, lo que no podemos explicar es lo mundano, lo que vivimos cada día. Las pequeñas cosas que nos cambian la vida de forma sutil.

Mirar por la ventana y ver la noche de Bangkok. Entrar al BTS y quejarse del frío. Ir a comprar Kobe y echarse para atrás en el último porque 100 euros para un filete es “un poco mucho”. Ir a la tienda de retro-gaming del MBK. Decir que vas a ir al parque de Lumpini pero quedarte en la cama. Ir al cine, porque el cine en Bangkok es otra historia. Leer en la tetería más cool de la ciudad, que resulta que está al lado de casa y no has ido hasta la última semana. Chatuchak en vena con su paella y sus miles de puestos. Pasar por Rot Fai al menos una vez al mes. Piscinas de horizonte infinito. Graduaciones y bodas tailandesas.

Subes a la terraza para despedirte de la ciudad, para ver el atardecer desde una planta 28. Te das cuenta de que apenas has subido un par de veces. Y que ya no podrás volver a hacerlo.

2geeks en la terraza

Esa es la última vez.

Desde hace semanas vives en una “última vez” perpetua: la última vez que haces la compra en BigC. La última vez que vas al 7 eleven. La última vez que tomas un café en el “de las luces” de camino a casa.

Cuando llega el momento de cruzar el portal por última vez sientes que te quedan demasiadas cosas por hacer.

Si pudieras volver a empezar harías muchas más cosas. Porque el tiempo es limitado, porque todo se acaba y porque ahora te das cuenta de que… Da igual. Siempre quedará algo por hacer.

Montas en el avión. Unas horas después estás en otro país. Ajeno, desconocido. Los bahts que llevas en el bolsillo no valen para nada.

Nadie entiende el “koh puhn krub” que te sale de forma instintiva para dar las gracias.

Y, entonces, empiezas de nuevo.

Nota: ya llevamos 3 semanas fuera de Bangkok. Pero entre unas cosas y otras no habíamos encontrado el hueco para escribir y publicar esto. Aunque tristes, no podemos negar que estemos ilusionados ante el nuevo comienzo en Madrid.

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